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08 diciembre 2012

0 comentarios La historia que será: 1

Seguramente habría sido aquel hombre misterioso que había aparecido por detrás de la barra del bar el que, a escondidas, le había proporcionado aquella droga que ahora lo adormilaba mientras conducía. Las farolas, las líneas que delimitaban la carretera, incluso las señales de tráfico, que sucesivamente se acercaban a él a velocidad de vértigo y pasaban de largo rozando su mirada a derecha e izquierda, iban convirtiéndose poco a poco en meras insinuaciones de lo que un día llegaron a ser en realidad, advertencias de peligro.

Tal vez nunca debería haber ido a aquel lugar de la mano de una preciosidad como aquella que, de improvisto, lo había abordado en medio de la calle con una mirada lujuriosa que poco más que le había quitado el hipo que desde el día de su nacimiento lo acompañaba a todas partes. A decir verdad en ese momento no se había dado cuenta, pero ahora, rememorando la noche y reviviéndola tal cual la recordaba, no dejaba de sorprenderle el hecho de que no, no recordaba el cansino sonido que durante tantos años lo había acompañado.

Sería, como decía su madre cuando era un renacuajo, que toda aquella demencial dolencia respiratoria no habitaba para nada en su cuerpo, sino más bien en una desolada, afligida y desconsolada mente enajenada, carente de raciocinio y falta, como no podía ser de otra manera, de cualquier atisbo de razón que convirtiera al ser que la habitaba en algo más que un andrajo zarrapastroso cuyo único fin en este mundo había sido nacer para convertir la vida de su difunta y santa madre en un infierno en vida que no acabaría, cómo no, hasta que él mismo, con un hacha, valor y rabias incontenidas, acabara con un certero golpe seccionando en dos la cabeza de quien, durante décadas, no había hecho más que culpabilizarlo por las desdichas padecidas.

03 diciembre 2012

0 comentarios La historia que será: 0

Sentenció el título con un sencillo número y esperó paciente a que la inspiración hiciera acto de presencia. Siempre le habían dicho que ésta aparecía cuando menos se la esperaba, así que se sentó y se dispuso a pasar el tiempo viendo parpadear el cursor en la pantalla del ordenador. Esperaba que no tardara mucho en llegar. A los diez minutos su mente ya viajaba solitaria por lugares que nunca llegó a pisar.

Volvió en sí y se percató del tiempo pasado. No le llegaba la inspiración o, tal vez, no había sabido reconocerla al verla pasar por delante de sus ojos…

26 mayo 2009

0 comentarios Camión

Se apartó de la ventana y se fue a sentarse de nuevo a la silla. Si, habían pasado muchas cosas desde que fuera tan niño como el que estaba al otro lado de la ventana. En fin, la vida siempre ha dado muchas vueltas, y el futuro de uno mismo ningún niño lo ha acertado nunca, o al menos él no conoce a ninguno que haya sido, en la edad adulta, lo que siempre deseó de niño.

¿Qué quería ser él de niño? No lo recordaba hasta que un amigo le dijo no se qué de Dios. Si, ahora le venían a la memoria aquellos fantaseos con el presbiterado. Recordaba que le gustaba la forma de vivir de sus profesores. Dar clases, vivir todos juntos…

Claro que en aquel entonces aún no distinguía entre hombres y mujeres. Puede que la llegada de la pubertad, o igual mucho antes de ello, acabara con ese sueño infantil de ser cura, y comprendiera un poco mejor aquello de ser adulto, al menos en lo que al sexo se refería. Y es que el colegio de al lado del suyo, el de Santa Ana, estaba repleto de chicas con falda. Y eso, en un colegio repleto de niños, era la comidilla de todos los corrillos a la hora del recreo.

Pero a lo que vamos, que el caso era que desde que descubrió el sexo, él ya no se volvió a plantear nada sobre su futuro laboral. Eso estaba muy lejos, lejísimos, quedaba tan distante esa decisión, que incluso llegó a pensar que nunca se tendría que preocupar por aquello. Y así fueron pasando los años de la adolescencia, de trabajo en trabajo, de empresa en empresa, hasta que otro sueño de la niñez se le comenzó a presentar como una posible realidad, ser camionero.

Recuerda muy bien cómo estaba en la Cooperativa de Algemesí, y el primer día de entrar a trabajar allí, le llamaron a casa para ir a conducior un camión. A las cuatro de la tarde debía estar en Carlet, junto a un camión tráiler que iba camino de Alemania. Su madre fue presurosa al almacén y se lo comunicó. Era increíble, por fin aquella pequeña posibilidad se le presentaba.

A las tres y media, sin comer por los nervios y angustiado por la decisión que iba a tomar, se presentó en su futura empresa. Iba a trabajar de tironero, un simple ayudante del conductor, que servía para que el camión pudiera llegar el doble de rápido a destino, y que le permitiría aprender a conducir aquella máquina diabólica.

Iba a cobrar una miseria y compañía, pero qué más daba, iba a aprender el oficio que durante los últimos dos años le había reconcomido el interior, mientras se dejaba la salud en una fábrica de placas de escayola. La mili le dio la oportunidad de definir su futuro, y él tardó dos largos años en darse cuenta. Pero daba igual, más tarde que temprano, él se había dado cuenta de todo y ya estaba frente al que sería el primer camión que conduciría, un DAF, una marca de la que estaría ya enamorado de por vida.

Se sentó en la silla de nuevo y pensó en todo aquello. Ahora, desde la soledad que daba la inactividad forzada de una crisis, tras doce años de viajar por su país de lado a lado, en el oficio que creía lo acompañaría hasta la muerte esperaba él que dentro de muchos años, tras conocer antiguas ciudades como Tomelloso, que eran en realidad las raíces de su familia, tras descubrir que no le importaba aquello tan temible para algunos de dormir en la cabina de un camión, el destino lo había clavado a aquella silla en la que se había sentada de nuevo.

Se acordó de la cara que debió poner su entonces novia, ahora esposa, cuando el día en que se fue de viaje llamó a casa y su madre le dijo que se había ido a Alemania. Si, en aquel entonces los móviles no existían. Aún hoy ella se acuerda de aquello y al contarlo se ríe con aquella incerteza que contenía la pequeña posibilidad de que toda la relación estuviera a punto de acabar. Si ella que siempre dijo que no se casaría con un camionero, esa que ahora estaba a su lado mientras escribía el principio de la presentación de su vida. La misma de la que estaba enamorado. Ella no cumplió su palabra y se casó con él.

Ella le dio más en cinco años, de lo que tal vez él sería capaz de ofrecerle en toda su vida.

21 mayo 2009

0 comentarios La ventana.

Se levantó y miró por la ventana. Al otro lado del cristal veía pasar multitud personas, todas con la mirada al frente, todas inevitablemente abstraídas de la realidad que las rodeaba, todas caminando por una calle llena de vehículos, de ruidos, de humos, de soledad.

Bajó la mirada y vio a un niño, de no más de seis o siete años, que lo miraba desde la acera de enfrente de forma curiosa, con la mirada que caracteriza a todos los niños que ven algo que no esperan, con la inocencia que lo acompañaría hasta la edad adulta. Si, ver el mundo al ritmo de cuando era niño, con ese pausado tempo que hacía insufribles el paso de las horas desde la mañana hacia la tarde, hacia esas tardes de juegos y aventuras que se centraban en su mayoría alrededor de la Plaza de Cid.

¿Jugaría ese niño en una plaza al menos parecida a la que el frecuentaba de niño? Lo dudaba. El trasiego que había acompañado al paso de los años, había transformado las plazas en simples pasos obligados de coches y motocicletas. Las calles, antaño dominio exclusivo de la chiquillería, de los partidos de fútbol, de los monopatines y los coches de miniatura, de los juegos del pilla pilla y del churromediamangamangotero, de las carreras y las bicicletas, de las chapas y las canicas, eran ahora pasto del dominio aplastante de las máquinas, que no habían sino conseguido apartar a los chiquillos de las calles, para recluirlos en las soledades de sus hogares, alejados de los que siempre pudieron ser sus amigos, a merced de otras máquinas, individualizados por sus propios progenitores y el avance que le brindaron a la humanidad en su juventud.

Recordaba aquella plaza llena a rebosar del griterío propio de una jauría de críos. Decenas de niños de edades que distaban desde los tres años, hasta los más mayores ya cercanos a los trece, disputándose cada palmo de plaza y calle adyacente con los que conseguir un terreno de juego más amplio. Recordaba multitud de portales armados con imponentes abuelos, que desde sus sillas, vigilaban el quehacer de esos críos y les recriminaban sus fechorías. Aquellas amenazas veladas, en las que se advertía de la llegada de la noticia de una fechoría, aún por realizar, a los oídos de los padres en cuanto llegaran a casa.

Si, todo aquello seguro que no lo conocía aquel niño que lo miraba desde el otro lado de la ventana. ¿Porqué lo tenía que conocer? Él mismo cuando era joven,era advertido, por los viejos que se sentaban en los alrededores de la plaza, de que no sabía divertirse. Estaba sin quererlo, juzgando al pobre niño por algo por lo que anteriormente había sida ya juzgado él. Por algo que no podría remediar en toda su vida, por haber nacido en la época que nació. ¿Tenía derecho él a juzgarlo? No claro que no.

Estaba seguro de que cuando le llegara la edad adulta a ese niño, éste se volvería hacia otro chaval y en el pensamiento le proferiría los mismos improperios que le acababa de hacer desde el silencio de su mirada. Estaba seguro que para ese niño, su niñez sería una verdadera niñez y la de los niños que viera desde su edad adulta estaría malgastada, aún sin que estos no pudieran hacer nada. Era, al fin y al cabo, la ley de la vida y el resultado de la evolución de la especie. Los mayores no podrían nunca comprender los actos de los jóvenes, puesto que en caso contrario la evolución se detendría.

Si, aquel niño estaba viviendo la mejor infancia que podría vivir nunca, ¿quien era él para decidir cual de las dos era mejor? Sin duda a ellos los separaba algo más que un cristal de una ventana, los separaban unos cuantos años que evitarían, de aquí hasta el fin de sus días, que el entendimiento entre los dos pasara a más que una simple obediencia debida al adulto. Solo cuando él llegara a su edad lo comprendería todo. Cuando ya no estuviera para disfrutar de su complicidad, cuando ya solo fuera un recuerdo más en la memoria de un niño que una vez lo miró desde la calle.

19 mayo 2009

10 comentarios La placeta del Cid

Sentado en su silla, mientras se preparaba para escribir en su ordenador, le vinieron a la memoria aquellos largos años de niñez en la plaza del Cid Campeador de Algemesí, ciudad que lo adoptó como hijo y en la que siempre ha permanecido.

Los recuerdos de aquella plaza le hacen estremecer el corazón. Allí disfrutó de tantas y tantas experiencias que lo adiestrarían para su futura vida, recibió tantos golpes que le servirían para endurecer su corazón. Lo pasó tan bien allí, que siempre que se pregunta a sí mismo por la mejor época de su vida su pensamiento viaja al instante a aquella época y la revive de nuevo, deleitándose con los recuerdos y la sabiduría que le da el tiempo pasado.

Hoy esa plaza ya no tiene nada que ver con la que recordaba. La primera, la que sus recuerdos dan como la buena, estaba dividida en dos secciones, una grande en forma de triángulo, cuyos ángulos estaban redondeados por unas amplias semicircunferencias, que hacían difuminarse la primera figura, y otra circular muy pequeña, que era la que los falleros utilizaban como base para la plantá de su Falla.

También se podría decir que esa pequeña circunferencia tendría, el dudoso honor, de ser la primera rotonda de su pueblo. Aunque ya hace muchos años de aquello, y en aquel entonces sus viajes por las calles que rodeaban a su plaza eran pocos, lo cierto es que a su memoria no llega ningún recuerdo sobre algo parecido en los alrededores.

Tampoco acude en su ayuda el recuerdo cuando piensa en todos aquellos viajes, con el coche de su madre, a las playas de Cullera. Tampoco ahí acude a su memoria nada parecido a aquella pequeña rotonda. Es más, en aquel entonces aquello no tenía ni nombre. Simplemente era un trozo de acera sobre el que jugar, que se hacía servir por los gallitos de la cuadrilla como prueba. Una prueba, con la que demostrar una sutíl hombría, mientras se aventuraban a cruzar los tres o cuatro metros de calzada que la separaban de la plaza.

No era tanto el hecho cruzar la calle para demostrar dicha hombría, como el de desafiar a los adultos, que desde los balcones y los asientos de la plaza vigilaban a toda la chiquillería, y con sus reprimendas y amenazas de chivarse a nuestros padres, conseguían que la mayoría ni siquiera intentara aquella tropelía.

Por aquello ya eran respetados aquellos chicos. Solo por aquello, decimos ahora unos años después. En aquel entonces, ese derroche de valor era suficiente para darles el mando de la cuadrilla, para que se convirtieran en jóvenes caudillos de una jauría de niños. Una jauría cuyos límites territoriales estaban debidamente delimitados por otros caudillos de edad más avanzada. Unas fronteras que se limitaban a la plaza y un par de calles poco transitadas.

Aquella plaza, delimitada por tres grandes árboles, sobre uno de los cuales colgaba un botijo del que todos los niños y abuelos bebíamos. Aquel del que estaba encargada la señora Rosita, el que nos revivía con su líquido elemento. Allí se centraba toda la actividad de nuestro pequeño protagonista.

Bueno alrededor de este botijo y de la Bodega de Paco, actualmente abierta aún, y a la que siempre le estaré agradecido por haber sido un lugar de avituallamiento de decenas de niños, cuando el botijo, por a o por b, no pudo ser rellenado a tiempo.

Aquella bodega tenía una ventana al exterior por la que los niños, a la carrera desde la plaza y casi ya sin aliento, pedíamos de viva voz y esperando una respuesta siempre afirmativa e inmediata, un vaso de agua con el que saciar la sed. Durante todos los años que viví allí, y fueron muchos, nunca escuché de la boca del dueño una mala palabra, una queja, o una llamada de atención que nos hiciera pensar que no volviéramos.

Es extraño, pero ahora que recuerdo esto, debo reconocer que ni siquiera se si el nombre de este buen hombre fue alguna vez el de Paco, ni siquiera recuerdo su cara, tampoco si estaba casado. No recuerdo tampoco que ninguno de nosotros fuera su hijo, y menos aún si el dueño de ahora sigue siendo el mismo de aquel entonces.

De pronto recordó que quería escribir algo en su libro, ¿Qué era? Ah! sí, la plaza del Cid Campeador, de ella quería hablar…Y dispuso las manos sobre el teclado, comenzando a pulsar las teclas al ritmo que le marcaron los pensamientos.

0 comentarios ¿Desde cuando?

Comenzar con el relato de la vida de una persona parece algo bastante sencillo, hasta que llega el momento de decidir desde cuando comenzar. En ese momento, lo que parecía seguro se torna confuso y hasta incluso irrelevante.

¿Comenzar desde el principio, desde el nacimiento?¿Avanzar unos años y hacer cuenta real desde cuando uno de por si es capaz de recordar?¿Vagar entre recuerdos tal vez confusos, con el peligro de crear relatos que se alejen de la realidad de lo vivido? ¿Le tendrá igual al lector que lo narrado no sea exactamente lo que pasó, si no la visión parcial de su protagonista?

Son estas preguntas las que me atosigan en estos momentos y que me hacen imposible si quiera comenzar mi relato. Ya lo se, solo hay que elegir un comienzo y desde ahí tirar del hilo, pero es difícil. Así pues comencemos el relato de esa vida por donde se dice que comienzan todos, por el principio.

Él nació hace ya treinta y tres años, en Valencia, su ciudad preferida, su casa, la ciudad a la que solo ha vuelto en algunas ocasiones. Sus padres siempre fueron trabajadores, muy trabajadores. Se podría decir que lo fueron tanto como los que los rodeaban. Lucharon a lo largo de su vida, y siguen luchando para mantener a su familia. Es increíble la capacidad de esfuerzo que pueden llegar a adquirir las personas a lo largo de los años. Es admirable el aguante que puede llegar a tener una persona para tragarse sapos y no hacer partícipes de sus penas a la familia, a los hijos. Esos fueron sus padres, siempre prestos para doblar el lomo, siempre atentos a cualquier reclamación de sus hijos.

Como es normal, nuestro protagonista no puede recordar nada de su vida hasta pasados los tres años. Antes de eso sus recuerdos están inducidos por las batallitas contadas por la familia. Sus recuerdos han pasado a ser solo reminiscencias de los recuerdos de otros, que vivieron su vida por él para contársela después y por tanto, la tergiversaron sin querer al transmitírsela a su protagonista.

Así pues, comenzaremos a contar la historia de alguien que conocí y descubriremos los entresijos de su vida, a base de saltos temporales, que nos llevarán de un lado a otro y que al final nos permitirán ver, en su conjunto, a la persona que finalmente será la protagonista de una vida entera, la suya.

¿Me acompañáis?

 
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