03 marzo 2010

Reo

Regresó escandalizado a casa. Nada podía hacer para reparar mínimamente lo ocurrido hacía unas horas. La simpleza de la situación que vivió, el desconcierto que lo embargó y su manifiesta incapacidad para reaccionar a tiempo, le llevaron a cometer un crimen del que aún no comprendía como podía ser autor material. Y a eso había que sumar la huída, esa cobarde forma de evitar las responsabilidades que siempre había apreciado en otros…

Sabía que lo encontrarían. No había más que seguir las pistas, dejadas cual  migas de pan, que había ido dejando de camino hacia su casa. Contenedores volcados, transeúntes sorprendidos y atemorizados ante lo que sus ojos vislumbraban, y regueros y regueros de maldiciones dirigidas expresamente a él.

Y había más, el coche con el parachoques ensangrentado estaba aparcado bajo su casa. Iría a la cárcel, pero qué podía hacer. En el momento del atropello no fue capaz de reaccionar a tiempo. El pánico lo embargo y su cerebro dejó de funcionar racionalmente. El instinto de supervivencia le impidió observar cómo desde la acera una decena de testigos presenciaban su alocada huída hacia delante.

Iría a la cárcel sí, pero nada podía hacer por ese hombre que dejó tendido en la calzada. La muerte le sobrevino sin aviso previo. Y lo peor de todo es que la vio pasar por delante suyo y ésta lo utilizó a él como instrumento para realizar su propio trabajo.

Vio cara a cara a la muerte y ésta le sonrió. Le arrancó la vida de cuajo cuando dejó que sobreviviera al accidente sumergido en alcohol, culpable de asesinato por imprudencia grave, alcohólico conductor de vida corriente que acababa de firmar la sentencia que le privaría de aquella libertad a la que nunca prestó atención por muchos años…

Era ya reo sin estar detenido, reo de sus propios remordimientos.

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